La visita del papa Francisco y el laicismo

La visita del papa Francisco y el laicismo

En el documento Sentimientos de la Nación, el cual podría calificarse como la primera Constitución de la nación mexicana, suscrita por José Morelos y Pavón, se estableció que la religión católica sería reconocida como la “única”, sin tolerancia de ninguna otra. Este reconocimiento fue resultado de la innegable influencia de la Iglesia católica en la sociedad de aquellos tiempos.

El desarrollo del pensamiento liberal llevó, más tarde, a la separación formal del poder de la Iglesia del Estado, a la conclusión de la Guerra de Reforma y la promulgación de las leyes que establecieron la desamortización de sus bienes. Por más de un siglo, pasando por la llamada Guerra Cristera, la relación entre el Estado mexicano y la Iglesia católica fue difícil y caracterizada por la distancia y falta de entendimiento.

Fue hasta la década de los años noventa del siglo pasado cuando esta relación comenzó a institucionalizarse, con la reforma constitucional que dio lugar al reconocimiento de las asociaciones religiosas y de culto público. En el año de 1990, con motivo de la segunda visita del papa Juan Pablo II, quedó sentado un precedente para la normalización de las relaciones entre el Estado del Vaticano y México.

Hoy somos testigos de la séptima visita de líderes religiosos del catolicismo a nuestro país (Karol Wojtyla vino en cinco ocasiones y Joseph Alois Ratzinger, una),y se da en el marco de la relación entre dos estados, pero, lo más sobresaliente, es el conjunto de mensajes que el líder espiritual del catolicismo ha dirigido a los mexicanos en general, a los fieles en particular y a los miembros de la estructura religiosa de la Iglesia católica.

El papa Francisco, Jorge Mario Bergoglio, ha hecho un llamado a los mexicanos a “no desgastar tiempo y energías en las cosas secundarias, en las habladurías e intrigas, en los vanos proyectos de carrera, en los vacíos planes de hegemonía, en los infecundos clubes de intereses o de consorterías. No se dejen arrastrar -dice- por las murmuraciones y las maledicencias…”

También ha hecho un llamado serio en contra de la ambición, que ha llevado a muchas personas a caer presas de la “potencia vacía del mundo” que implica la comercialización de la muerte a cambio de monedas, y a considerar seriamente el desafío ético que constituye el narcotráfico para los jóvenes, la sociedad mexicana y, también, para la Iglesia.

A través de metáforas, sin hacer un señalamiento expreso, hace un fuerte llamado a resistir las tentaciones y la corrupción. Expresa que, en alegoría a la cuaresma, hay un tiempo para ajustar los sentidos y resistir las tentaciones como la riqueza, a través de la cual, algunos se adueñan de los bienes que son de todos.

Bergoglio reconoce que este es un mundo complejo, con fronteras permeables, en la que la fuerza de algunos países es la vulnerabilidad de otros y hace una crítica al desarrollo tecnológico “que hace cercano lo que está lejano pero, lamentablemente, hace distante lo que debería estar cerca”.

Es de destacarse que la visita del Papa, aparte de una invitación a la reflexión, ha sido motivo de una gran emoción en mucha gente que practica la fe cristiana. Según la encuesta Los mexicanos vistos por sí mismos elaborada por la UNAM, en México un 42 por ciento de la población se declara como católico practicante y un 23.2 por ciento, como católico no practicante. Somos un país en donde el 80 por ciento expresa creer en Dios.

Además, en estos días se han visto imágenes conmovedoras y, en especial, una actitud responsable y respetuosa de los líderes del Estado mexicano, quienes han prestado todas las facilidades para el desplazamiento por el territorio nacional del líder del Estado Vaticano. Muchos están contentos con la visita pastoral, otros han mantenido una actitud discreta o, incluso, silenciosa, lo que es muestra del desarrollo de los principios democráticos de respeto a la diversidad y pluralidad que caracteriza a los mexicanos, y expresión de la plena asunción de los principios de un Estado laico en relación con las instituciones religiosas y de culto público.

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